"Por lo menos no se esperan lluvias para las próximas horas…”, absurda
frase que escucho todos los días. ¿Por qué la discriminan?
Pensar que para mí es hermosa; sentir el aroma de la tierra humedecida, la
refrescante gota que suaviza mi rostro, el variable sonido que percute en mi
ser… todo ese festín va componiendo lentamente el deseo de unirme a él,
siendo parte así, de un preludio sutilmente extravagante.
La lluvia: gotas que danzan insistiendo; ella llora y anhela…
Ansía algo; ansía la bienvenida, que la extrañen más allá de la sequía de la
tierra, no sólo sabe de eso…
…sabe del alma, sabe que es su alimento.
¿Cuántas almas andan vagando por allí sin saberlo?, van muriendo día tras
día, van quebrándose a tal punto de convertirse en ínfimas partes, que se
adecúan a lo que quiere ser oído. Y allí, se extraña a la lluvia.
Ella sabe y llega; acaricia y alimenta, pero como es tan poderosa, el hartazgo
de los hombres la devuelve: es demasiado profunda para querer danzar con
ella. Somos tan leves, que ella nos empalaga tan rápido como nuestro reflejo
en una gota. La necedad de creer que tenemos el derecho a manipularla…
Llueve y corremos… ¿por qué le escapamos?
La lluvia renueva mi ser, siento que me invita a mecerme junto a ella. Me
preparo para darle la bienvenida, expande delicadamente mis sentidos,
refresca el peso de la angustia, ilumina aún más el deseo de cantar libremente.
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