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El Viaje en Tren

Sentada, esperando que llegue el tren. Un tren que se encuentra algo lejos. A pesar de no viajar todos los días, la escenografía no varía: gente mayormente con el ceño fruncido, vendedores que aguardan impacientemente para comenzar con su trabajo diario, perros que no demuestran estar estresados; es más, pareciera que se burlan de las preocupaciones humanas. 
Cestos de residuos vacíos, tal vez  porque estos seres no se encuentran capacitados para despojarse de su basura. El empeño por “tener todo”; cegados por la vorágine cotidiana, ellos no pueden discernir entre lo que alimenta y no alimenta al espíritu.
Una mañana realmente hermosa: un cielo gris, totalmente homogéneo con algunas pinceladas de un frío viento, que refresca las mejillas y la punta de la nariz.
No podía faltar la típica queja ajena por la lluvia que vendrá… sonrío.
Se aproxima el tren, su llegada es tan imponente, que no me atrevo, ni siquiera a pararme detrás de la línea amarilla. La gente realiza un esfuerzo sobre humano, no educado para subir y lograr estar sentados durante unos cincuenta minutos; como si eso fuera la solución para su cansancio, solo será anestesia…
… y allí comienza el desfile. Me llama la atención el vendedor de pilas: hace varios años que lo veo, ya montó una especie de PYME sobre su torso, siempre muy concentrado, haciendo gestos bastante precisos...
Un desfile por momentos gracioso, hasta que el drama de los niños llorando por diez centavos, lo convierte en un túnel que no oye, que no ve, que no siente. Pareciera que no hay remedio para esta realidad que se ramifica tan velozmente como el vuelo de una gaviota.
El tren llega a destino. Intento no dejarme llevar por la carrera del descenso. Comienza la danza del meneo: hay que saber mover bien las caderas para que no te “lleven puesta”. Le enseño el boleto al guarda: “es ida y vuelta”, le digo.
“Ida y vuelta”, pienso. Se repetirá el camino, volveré a ser parte de esa escenografía, caminaré por el túnel, sonreiré por momentos, escucharé el llanto, mis oídos devorarán la gran oferta que ofrece este centro comercial…
… y continuaré pensando si se podrá hacer algo para cambiar algo de esta realidad.


Escrito hace unos cuantos años atrás.  
Dedicado a quien me acompañó  en estos últimos  viajes inesperados. 


Foto de Andrea Romio 

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