La fille aux cheveux de lin – Claude Debussy
Me encontraba en el Conservatorio a la noche, aún recuerdo que era un día miércoles, casi las 22 hs.
Termina el ensayo de la orquesta, todos guardando los instrumentos en sus respectivos estuches; juntando los atriles, antes de volver a casa. Hacía frío, ese frío que te hiela la punta de la nariz.
En el aula, había dos pianos de cola antiguos que sonaban muy lindos. Cuando volvía de dejar algunos atriles en la biblioteca comencé a escuchar un piano que me hizo detener en el pasillo; me detuve un instante y me acerqué a ese sonido. No me atreví a entrar. La puerta de aquella aula era de esas antiguas; pesadas, de hierro con una pequeña ventana en el centro; había que levantarla un poquito para que no hiciera ruido. Me quedé ahí, mirando y escuchando atentamente.
Estaba mi compañero tocando el piano. Sonaba una melodía que yo nunca había escuchado, pero comprendía que era una sonoridad a la cual yo no estaba acostumbrada; cargada de un color diferente, eran colores cálidos. Cerré los ojos y pensé, “esto no es Barroco ni Clásico…” “… tampoco del período Romántico”
Me imaginé en un parque inmenso, siendo una niña, caminando sin un rumbo fijo. Era Otoño, y entrecerraba los ojos, porque el sol me iluminaba íntegramente. Un sol que lograba abrazarme, dejando a un lado aquél frío otoñal. Era el parque de la casa en la que me crié. Bastante grande, muchos árboles , entre ellos la rosa china, que tenía una flor que me encantaba. Me acuerdo que me armaba coronitas con las que se caían… y corría por momentos, libremente. Juntaba las hojas y formaba las iniciales de mi nombre en el pasto.
Mientras escuchaba a mi compañero, podía apreciar una armonía distinta, por momentos era muy dulce y hacía un juego constante con los silencios. Además contrastaba con lo que acabábamos de ensayar; si mal no recuerdo estábamos preparando “El Barbero de Sevilla”; una obra que tiene otra energía, con una introducción bastante rítmica. De un mundo armónico diferente. Otro fraseo, otra intención. En esa época, yo también estudiaba viola y participaba en la orquesta tocando pasajes no tan complejos.
No podía perdérmelo. Seguía del lado de afuera, asomándome por la ventana y escuchaba; apreciaba como comenzaban a enlazarse los sonidos, disfrutaba contemplando ese paisaje, sin que él se diera cuenta. Recuerdo que él solía sentarse solo y siempre lo veías con el violoncello colgado del hombro, una partitura o el arco en la mano; sentado en la banqueta del piano o preparándose un mate cocido en la cocinita del Conservatorio que era nuestro refugio a la hora de hacer el mini recreo entre las materias que cursábamos.
Continuaba escuchando esa obra que casi con seguridad podía decir que era impresionista. Se me erizaba la piel y no era el frio. Eran esos colores, esos silencios, que me envolvían de una manera tan sutil. ¡Cuánta belleza!
Él parecía dejarse llevar, pero no del todo, había algo que lo limitaba. Seguramente era el lugar, porque a pesar de encontrarse solo, sabía que siempre había gente por ahí.
Esperé a que terminara y ahí entré al aula. Le pregunté, con los ojos totalmente iluminados, qué era lo que había tocado. “La niña de los cabellos de lino” de C. Debussy, me respondió. En ese momento pude comprender un poco por qué él hablaba menos que cualquiera de nosotros.
Una belleza , esa armonía por favor, cuántas sutilezas. Acababa de llenarme de una ternura inmensurable.
Desde ese día, con mi compañero compartimos mucha música. Nació una amistad tan bella, tan profunda. Momentos sublimes, nos juntábamos a escuchar música, a analizar la obra de Debussy, siempre le pedía que interpretara “La niña de los cabellos de lino”. Él tocaba y se la pasaba estudiando jazz, improvisaba mucho.
Yo quedaba anonadada cada vez que lo hacía. Era para mí un mundo totalmente desconocido y difícil de abarcar. En ese momento yo estaba sumergida en el mundo académico; estudiaba y tocaba obras bastante complejas técnicamente y no salía de las notas que estaban escritas en la partitura.
Me animé a escribir mis primeros compases con esa sonoridad. Agregaba novenas, sextas, notas que dieran ese color especial. Comencé a jugar más con los silencios, los efectos sonoros, los diferentes timbres.
Comenzó un camino armónico e interpretativo antes desconocido para mí.
Luego de recibirme de Profesora de Música y pianista en ese Conservatorio, decidí comenzar a estudiar armonía e improvisación. Recuerdo de volver de mis clases y sentarme frente el piano y sentir que me era desconocido. Me costaba bastante tocar algo que no estuviera escrito. Pero de a poco, lo fui logrando. Hoy todo eso es lo esencial para comenzar a escribir un tema. Sonoridad con ese color, improvisación, silencios, contrastes… Jugar con diferentes registros. Saber esperar, darle tiempo al sonido, saber cuándo tocar y entender que no siempre se interpreta de la misma manera, porque todo está sujeto al momento presente. Aún lo que está escrito.
Cuando doy clases y un alumno elije esa obra de Debussy para estudiar, no puedo evitar volver a imaginarme en ese parque enorme, en Otoño y con una coronita de rosas chinas. Cuando eso sucede, una sutil sonrisa asoma en mi rostro.
La calidez de esa obra me hace sentir serena. Ya sé a qué recurrir cuando tengo la necesidad de trasladarme a un estado de sosiego.
Mi amigo se fue a vivir a España. Nosotros nunca dejamos de estar en contacto. En uno de sus viajes hacia Argentina, en el 2015 (15 años después de aquél miércoles) decidimos grabar un disco con composiciones de ambos. Nos pasamos por mail las partituras, ensayamos un poco y así nos sumergimos casi 10 horas en el estudio. Mates de por medio, risas, abrazos y mucha emoción. Así un 10 de Abril, nació “Tiempos” con canciones instrumentales a dúo, piano y violoncello. Algunos temas cuentan con la participación de Lucas, un amigo nuestro, percusionista y pianista del Conservatorio, con quien compartimos una hermosa amistad.
Y ahora mismo mientras termino de escribir y revivir todo esto, acá en el mismo aula donde me enamoré de todo ese mundo tan sutil, deseo abrir la tapa del piano y dejarme llevar, quizás sea el nacimiento de un nuevo tema que quién sabe de qué color será.
Luego de recibirme de Profesora de Música y pianista en ese Conservatorio, decidí comenzar a estudiar armonía e improvisación. Recuerdo de volver de mis clases y sentarme frente el piano y sentir que me era desconocido. Me costaba bastante tocar algo que no estuviera escrito. Pero de a poco, lo fui logrando. Hoy todo eso es lo esencial para comenzar a escribir un tema. Sonoridad con ese color, improvisación, silencios, contrastes… Jugar con diferentes registros. Saber esperar, darle tiempo al sonido, saber cuándo tocar y entender que no siempre se interpreta de la misma manera, porque todo está sujeto al momento presente. Aún lo que está escrito.
Cuando doy clases y un alumno elije esa obra de Debussy para estudiar, no puedo evitar volver a imaginarme en ese parque enorme, en Otoño y con una coronita de rosas chinas. Cuando eso sucede, una sutil sonrisa asoma en mi rostro.
La calidez de esa obra me hace sentir serena. Ya sé a qué recurrir cuando tengo la necesidad de trasladarme a un estado de sosiego.
Mi amigo se fue a vivir a España. Nosotros nunca dejamos de estar en contacto. En uno de sus viajes hacia Argentina, en el 2015 (15 años después de aquél miércoles) decidimos grabar un disco con composiciones de ambos. Nos pasamos por mail las partituras, ensayamos un poco y así nos sumergimos casi 10 horas en el estudio. Mates de por medio, risas, abrazos y mucha emoción. Así un 10 de Abril, nació “Tiempos” con canciones instrumentales a dúo, piano y violoncello. Algunos temas cuentan con la participación de Lucas, un amigo nuestro, percusionista y pianista del Conservatorio, con quien compartimos una hermosa amistad.
Y ahora mismo mientras termino de escribir y revivir todo esto, acá en el mismo aula donde me enamoré de todo ese mundo tan sutil, deseo abrir la tapa del piano y dejarme llevar, quizás sea el nacimiento de un nuevo tema que quién sabe de qué color será.
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